Siervo de Dios
ALFONSO MARÍA DE LA CRUZ
Sardinas Zavala
1842 – 1902
Fundador de la Congregación de Religiosas
Franciscanas de la Inmaculada Concepción
II Obispo de Huánuco
Nació en Huánuco el 30 de mayo de 1842, hijo del español Don Manuel Sardinas y de la peruana doña Manuela Zavala, cristianos ejemplares. Lo bautizaron el 01 de junio de 1842 con el nombre de Fernando, guiándolo con el testimonio de sus vidas, al amor a Dios y a los hermanos. A los 15 años (1857) ingresó al convento de Santa Rosa de Ocopa, atraído por la vida austera y sencilla de los misioneros franciscanos. El 9 de diciembre de 1861 recibió el hábito de la Orden seráfica. Al concluir sus estudios religiosos y eclesiásticos el 18 de diciembre de 1862, emitió sus votos simples, tomando el nombre de Fr. Alfonso María de la Cruz y el 19 de diciembre de 1865 hizo su profesión solemne.
Recibió el sacramento de la confirmación el 01 de septiembre de 1866; luego le fue conferida la tonsura y las cuatro órdenes menores: ostiario, lector, exorcista y acólito. El 02 de septiembre recibió el orden de subdiaconado y el 09 el diaconado. El 03 de marzo de 1867 es ordenado sacerdote de manos de Mons. Manuel Teodoro del Valle en la capilla del convento de los Descalzos de Lima. Animado del espíritu del Señor se consagró a la evangelización en: Lima, Ica, Huancayo, Huancavelica, Ayacucho y Huánuco, donde se distinguió por ser un hombre de oración y penitencia, vida austera, humilde hasta el extremo y fraterna; su dedicación al confesionario, y a su elocuente y fervorosa palabra. Fue director espiritual del clero de Lima y visitador de comunidades religiosas por encargo de la delegación Apostólica del Perú.
En 1883, misionando en Sayán, se encontró gravemente enfermo; y, acudiendo a la intercesión de la Inmaculada Virgen María le hizo la promesa que si lo sanaba fundaría una congregación en su honor que se dedicase a la educación de las niñas pobres; contribuyendo a la regeneración del país. Cumpliendo su promesa, el 06 de diciembre de 1883, junto a la Sierva de Dios Clara del Corazón de María fundaron la Congregación de Religiosas Franciscanas de la Inmaculada Concepción. La que dirigió por ocho años, estableciendo sabios estatutos, para dar gloria a Dios y salvar almas; a través, de la educación.
Su Santidad León XIII, lo preconizó Obispo de Huánuco el 12 de agosto de 1890 recibiendo la Ordenación Episcopal el 11 de enero de 1891 de manos del arzobispo de Lima, Mons. Manuel Antonio Bandini, e hizo solemne ingreso a su diócesis el 9 de julio de 1891.
Como apóstol de Cristo realizó visitas pastorales, llevando el mensaje de salvación hasta los pueblos más lejanos de su diócesis, que abarcaba los departamentos de Junín, Cerro de Pasco, y Huánuco.
Construyó y restauró el seminario y los templos de su diócesis; adquiriendo numerosas fincas urbanas para sostener el seminario y las obras de caridad. Vivió muchos obstáculos con serenidad y fortaleza, propios de un santo; y, cuando por su enfermedad que lo aquejaba, ya no pudo caminar se hacía llevar en un cochecito a la Iglesia para visitar al Santísimo Sacramento, donde pasaba largas horas en oración y contemplación.
Antes de morir, hizo preparar su lecho en el pavimento para la mortificación de su cuerpo y oblación perfecta a la voluntad divina. Acogió con franciscana alegría la prueba de la dolorosa enfermedad que lo preparó al encuentro final con el Señor. El 26 de junio de 1902 lleno de méritos y con profundo pesar de su pueblo que lo veneraba como santo, se durmió en la paz de los justos.
Fama de Santidad
Monseñor Sardinas fue un auténtico modelo de vida por su fidelidad a la vocación franciscana; alma de oración, ejemplo de pobreza, humildad; e incansable obrero de la viña del Señor, en su ardor apostólico; visitando los lugares más lejanos de su diócesis, cruzando montañas, muchas veces a pie, llevando la palabra de Dios y alimentando espiritualmente a sus fieles como testifican los pobladores, quienes recuerdan con amor a su amado pastor.
Actualmente su tumba es visitada en la catedral de Huánuco por numerosos devotos que confirman su heroica santidad de vida y se le atribuye muchas gracias obtenidas por su intercesión.

